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Época
Fernando Gómez de la Cuesta
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| UNA NUEVA GALERÍA DE ARTE, LA CAJA BLANCA, NACE EN PALMA PARA CUBRIR ALGUNAS DE LAS CARENCIAS QUE PADECEN LAS ISLAS.
LA SALA DE EXPOSICIONES INICIA SU ANDADURA CON LA OBRA DE LA JOVEN ARTISTA BRITÁNICA YARA EL-SHERBINI. SIEMPRE resulta agradable -sobre todo para el aficionado- dar la bienvenida a una galería de arte recién nacida que, ampliando nuestra oferta, contribuya a seguir saciando el amplio espectro de apetitos artísticos, personales e intransferibles, que concurren en nuestra ciudad. Y si el espacio en cuestión, además, promete cubrir algunas de las carencias que padecen nuestras islas -muchas de ellas evidentes- la satisfacción, sin duda, será doble. Efectivamente, La Caja Blanca se constituye como una nueva galería -surgida en el seno del complejo panorama artístico palmesano- que fluye con la vocación de incorporar al circuito de Ciutat exposiciones de arte emergente de calidad -como ya realizan algunos pocos espacios de la isla- pero confiriéndole una perspectiva más internacional, al menos, en lo que al origen de las propuestas se refiere. Una pretensión que a buen seguro insuflará algunas dosis necesarias de frescura en nuestra nutrida programación expositiva. Los directores del espacio, los inquietos hermanos Eva y Amir Shakouri, ya demostraron cierta implicación con la causa del arte emergente al frente de la Galería Portals y, en esta nueva andadura, su intención es consolidar este camino y extender su radio de acción desde un foro más potente. Y prueba de todo ello es su propuesta inaugural: la primera exposición individual de la joven artista británica Yara El-Sherbini (1978). En ella, la creadora, conectando a la perfección su obra con el peculiar y sugestivo espacio de La Caja Blanca, plasma con provocadora ironía, desafiante inconformismo y fino sentido del humor, todas las manipuladas y manipulables perversiones que la fricción entre oriente y occidente, entre diversas formas de entender la vida, entre diferentes religiones y entre primeros y terceros mundos -aunque estos se den a la vuelta de la esquina- van provocando. Irreales y hermosas bombas revestidas de exóticas -y no tan exóticas- telas, mujeres-bolo tocadas con el velo musulmán y textos empleados con un evidente y descarnado sarcasmo, conforman una flagrante expresión de como la manoseada globalización va desuniendo y desinformando a la misma o más velocidad con la que debería -esa a priori parecía ser su esencia- hacer lo contrario y demostrando, por último, como el arte es el terrorismo más efectivo contra las mentes obtusas. |
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